miércoles, 19 de septiembre de 2012

Se le notaba demasiado cuando algo no le gustaba. Y no precisamente porque lo dijese. Sus ojos a menudo contaban más de lo que ella hubiese querido. Sólo hacía falta que entrase por la puerta, me mirase y sonriera, porque siempre me sonreía, para que yo supiese qué estado de ánimo traía. Porque una cosa es sonreír con la boca, curvar los labios de forma prácticamente automática, y otra muy distinta es que esa sonrisa llegue a los ojos. Y había muchos días en que a ella no le llegaba por más que se esforzase en ocultarlo. En estos casos solía echarle la culpa de todo a Madrid. De lo bueno y de lo malo.
Según me dijo, antes de llegar a Madrid ella no era así. O tal vez sí, y en el fondo seguía siendo la misma niña introvertida que se pasaba los recreos del instituto leyendo.
Sus padres nunca habían sido del tipo de padres sobreprotectores que no la dejaban hacer nada, simplemente a ella nunca le llamó demasiado la atención pasarse las noches de discoteca en discoteca, haciendo lo posible por pavonearse delante de algún muchacho algo mayor que ella mientras por su garganta corría más alcohol del que era capaz de tolerar. Y en el fondo no le gustaba hacer aquello, y nunca lo hizo. Pero cuando llegó a Madrid encontró algo parecido a su lugar en el mundo, adaptado justo a lo que ella esperaba. No sé si fue la falta de control paterno o que algo en su cabeza hizo un enorme y sonoro click y le instó a darle un giro a su vida. Puede incluso que fuesen las dos cosas. Alguna vez dijo que se empeñaba en buscar la adolescencia que no tuvo por los bares y que jugaba a contradecir lo que sostuvo durante tantos años, cual hijo rebelde que desobedece a sus padres con el único propósito de desobedecer. Así es que bebía. Bebía mucho ron con Coca-cola, a veces lo aderezaba con algún chupito de tequila, y entre sorbo y sorbo le daba caladas lentas y prolongados a cientos de cigarrillos cuando en realidad ni siquiera tenía ganas de fumar. Era perfectamente consciente de ello, pero seguía haciéndolo, como si tuviese que demostrar algo, más que ante nadie, ante ella misma. Solía encogerse de hombros cuando yo le preguntaba por qué no lo dejaba y me contestaba con un "así es la vida", como si en realidad no hubiese otra opción que elegir y la vida, ese ente al que se aferraba a la vez que se alejaba todo lo que podía, como un dios que castiga severamente cuando dice ser misericordioso, la manejase a su antojo y aún así no dejase de creer en él. Cuando sus padres murieron era lo único en lo que encontraba consuelo de verdad. La única manera de no pensar en nada. A veces, entre risas a medias, bromeaba diciendo que acabaría como en 'Días de vino y rosas'. Y yo sabía que no lo decía tan en broma.

martes, 10 de julio de 2012


Se llamaba Irene, que en griego significa paz. Y paz era lo que encontraba momentáneamente cuando ella estaba allí. Aquel era el nombre que había visto escrito en el sobre del café aquel día que la curiosidad me pudo. Ahora que en cierto modo estaba a mi cargo, o al menos ahora que empezábamos a conocernos, a tener una relación más estrecha, lo más apropiado me parecía aclararlo. Era relativamente normal que el día en que nos conocimos me hubiese dado un nombre falso. Si yo fuese ella lo habría hecho también. No me iba a fiar de un tío que de buenas a primeras se sienta en mi mesa sin conocerme de nada. Y ella menos. Aunque nunca llegó a contarme nada, alguna vez tuvo que pasarle algo para diezmar esa irreverencia que tienes cuando eres joven, esas ganas de comerte el mundo y de luchar por lo que quieres, sea o no lo correcto, o lo más acertado. Esa sensación al fin y al cabo de tener sangre en las venas. Por eso nunca se fiaba de nadie, ni siquiera de ella misma. Aunque siempre solía decir que ella misa era la única persona con la que seguro pasaría el resto de su vida, así que de vez en cuando no le quedaban más opciones que hacer las paces con la niña enrabietada que se empeñaba en ocultar detrás de la máscara de madurez y el mechón pelirrojo cayéndole por la frente.
Empecé a llamarla por su nombre un día, casi por descuido. Simplemente ella andaba por la casa, afanándose en hacer una especie de limpieza de primavera que tampoco hacía falta, pero en cierto modo se sentía culpable por no poder pagar todo lo que debería haberle pedido por un alquiler. Trabajaba de vez en cuando donde podía, en tiendas de ropa un par de meses, enfrentándose a borrachos con babas en bares oscuros de Madrid por un sueldo que no llegaba ni al mínimo. El resto lo alternaba entre continuar a las duras y a las maduras con sus estudios y las tardes en el café, donde ahora acudíamos juntos casi siempre, o era nuestro punto de reunión cuando cada uno acababa sus quehaceres.
Fue entonces, como iba diciendo, cuando dije su nombre en voz alta por primera vez. Ella estaba limpiando la estantería del salón, donde yo me había ocupado de ir improvisando poco a poco mi pequeña biblioteca personal, quitándole el polvo a todos los libros, uno por uno, dedicando incluso más tiempo de lo necesario. Las sílabas de su nombre salieron de mi boca y justo cuando lo estaba haciendo caí en la cuenta de ello. Ella se giró y me miró fíjamente. Se lo esperaba incluso menos que yo, aunque aquella había sido la reacción de quien se voltea al oír su nombre por costumbre. Hacía ya unas semanas que ella vivía allí y nunca había tenido aquel desliz. Se quedó con el brazo en alto, a medio camino al ir a colocar un libro en su sitio. Nunca lo dijo, pero me exigía explicaciones con aquellos ojos suyos que se negaban en apartarse de mí hasta nueva orden.
Pareció que pasó una eternidad en aquel silencio tan cómodo e inquietante a la vez – aunque a penas fuesen un par de segundos-, hasta que me decidí a acabar con la frase que iba a decir cuando si inconsciente me traicionó a conciencia.
-¿Me pasas ese libro que acabas de colocar?
Entonces ella, sin mediar palabra, colocó el que tenía en la mano y cogió el que acababa de soltar, se colgó el trapo del polvo al hombro, se acercó a la mesa del salón que me servía de escritorio y lo dejó encima. Sopesé el dejarlo correr. Tampoco me había preguntado nunca cómo di con ella aquel día. Esto no era distinto.Pero era dejar correr demasiado hasta para mí, que siempre había dejado que los malos momentos se pasasen solos, con el tiempo y sin mencionarlos más.
-Lo leí en el buzón de tu casa- musité cuando ella ponía el libro encima del montón de papeles apilados de la mesa.
Se volteó para seguir con la limpieza y vi escurrirse el paño de su hombro con un ligero tirón.
-No me mientas – dijo con una voz propia de quien intenta parecer serio. Y yo supe en aquel momento que había curvado los labios en una sonrisa socarrona como el día que la vi por primera vez en el café.

miércoles, 4 de julio de 2012


Aquello no sólo iba a suponer un cambio para ella, también era un gran contratiempo para mi. Pero yo lo acogía encantado. Eso era lo que el destino me había reservado y yo tenía que verle el lado positivo. Tal vez no fuese lo más indicado después de que Carla y yo lo dejásemos, meter ahora a la niña, por la que sentía una predilección casi irracional, en mi casa. Pero era lo que había.
Aquel día se fue a casa con la excusa de empaquetar todo. Yo iría a ayudarla al día siguiente a hacer la mudanza. Su casa hasta aquel momento era un piso como tantos otros que alquilaban a estudiantes en Madrid: pequeño, viejo y bastante caro para lo que era, con pocos muebles y menos luz, pero que aún así parecía llena de vida. La verdad es que ella no tenía demasiadas cosas, a penas un par de maletas y unas pocas cajas llenas de libros, todos de segunda mano, mínimo, y un puñado de apuntes cogidos a mano en folios manchados de café.
Le hice un sitio en el armario de la habitación que me sobraba. Me reconfortó en cierto modo ver sus vestidos de flores colgados y sus sandalias viejas alineadas al lado del armario, como si siempre hubiesen estado ahí. Era demasiado fácil acostumbrarse a su presencia. Recuerdo la primera vez que la vi dormida en el sofá. Los ojos se le fueron cerrando delante de algún programa estúpido del televisor. Respiraba de forma pausada, casi inaudible. La miré durante un rato, no sé todavía si de la forma en que se mira a alguien de quien te acabas de enamorar y crees que siempre va a estar ahí o de esa otra en que un padre orgulloso mira a su hijo. Mi razón me impulsaba a pensar que la consideraba como una hija, como alguien de quien me tenía que hacer cargo irremediablemente. Después de todo, casi podría haberlo sido. Aunque como cantó Gardel, 20 años podían no ser nada. Pero la parte de mi cerebro que menos controlaba me hacía verla como la sustituta perfecta de Carla. Una de esas personas que solo encuentras una vez en la vida y te hacen cuestionarte todo lo que has vivido hasta ese momento. Tal vez fuese una mezcla de ambos sentimientos demasiado confundidos. Se empeñaba, aunque ella no fuese del todo consciente, en ser mi pequeña Lolita y yo el Nabokov que siempre la tendría presente.

martes, 3 de julio de 2012


No se me ocurría otro sitio mejor que mi casa. Después de todo, lo que necesitaba en aquellos momentos no era precisamente sentarse en un café atestado de gente a media mañana a fumar y beber café como un alma desconsolada. Yo no vivía muy lejos del café. Y respectivamente, ella tampoco. Así que el camino no se hizo demasiado pesado. Busqué las llaves mientras ella esperaba, paciente, recostada en la pared del portal ahogando más suspiros. Entramos en el ascensor y repitió la acción de espera. Se miraba los pies e intermitentemente dirigía su mirada al techo, evitando fijarla demasiado tiempo en cualquier punto concreto. Yo hacía lo propio evitando hablar. La verdad es que no sabía qué hacer. Cuando entramos en el salón, se sentó en la punta del sofá, inquieta.
-Puedes contarme lo que quieras. Si puedo ayudarte...
Ella asintió. Lo sabía. Era de esa gente que sabe las cosas antes de que pasen.
Se levantó y empezó a dar vueltas por el salón. Yo seguía sin saber qué iba a hacer. De vez en cuando abría la boca, pero la cerraba con la misma rapidez al no encontrar las palabras adecuadas. Después de todo, tampoco sabía a lo que me enfrentaba.
Se sentó a mi lado en el sofá y empezó a hablar como nunca antes lo había hecho.
-Estoy jodida – murmuró -. No sé por dónde empezar, pero necesito que alguien me diga por dónde seguir...
El silencio se hizo. Ella seguía evitando mantener su mirada fija en ningún sitio. Pero probablemente en el fondo no fuese así.
-Hace un año que mis padres murieron en un accidente de tráfico -lo soltó como si fuese la cosa más normal del mundo, en un tono que me pareció incluso demasiado neutral-.Soy hija única, así es que todo quedó para mi. No era demasiado, pero pensé que me podía servir hasta que encontrase algo mejor. Hace un par de días que se acabó.
-¿No tienes familia con la que ir?
Negó con la cabeza.
-Ellos ya tienen bastante con lo suyo. No puedo pedirles que se ocupen ahora también de mi... No puedo pagar la universidad, ni el piso, ni la comida...
Reaccioné sin pensar. Yo tampoco estaba para tirar cohetes. Pero, poco o mucho, podía ofrecerle algo. Sabía que ella no me lo estaba pidiendo.
-Escucha... Vamos a hacer una cosa. De momento te puedes quedar aquí. Cuando quieras vamos a por tus cosas y te instalas...
Esta vez suspiró del todo. Los ojos rojos se humedecieron aún más y vi una lágrima caerle por el perfil. Le pasé un brazo por los hombros. No era mucho, pero quizás le serviría de consuelo.

miércoles, 27 de junio de 2012


Hacía un par de días que la niña no se pasaba. Yo había cogido la costumbre de llamarla así. La niña. Como si no hubiese otra en el mundo. Pregunté por ella en el café. El único sitio que sabía con certeza que frecuentaba. Nadie la había visto. Inconscientemente, o tal vez demasiado consciente, comencé a preocuparme. Nuestros encuentros eran tan informales, tan planeadamente casuales, que nunca nos habíamos planteado cómo íbamos a estar en contacto en el caso de que alguno de lo dos faltase.
Aquella mañana fui al café nada más levantarme. La esperanza de verla allí tan temprano se me antojaba exagerada hasta para mí. Hice mi ritual de todos los días: portátil, montón de papeles, libros para documentarme y un café con leche y mucha azúcar.
De repente, un papel arrugado en el fondo de la mochila hizo su aparición estelar. Lo cogí y lo alisé cuanto pude. Era una dirección. La dirección que había visto en el sobre de la niña. No me lo pensé demasiado y decidí ir a buscarla. No sabía si iba a estar allí o si ella querría verme. Lo único que sabía es que una vez que ese papel se había cruzado en mi camino no podía volver a guardarlo sin más.
Llegué al sitio indicado. Aparentemente era un edificio de lo más normal. Como tantos y tantos en la ciudad, en una calle secundaria un poco apartada de la circulación de todo, en un barrio colindante con el centro. La puerta del portal estaba abierta, así que entré sin llamar. Le eché un vistazo a los buzones y su nombre, el nombre del sobre, aparecía en uno de ellos escrito a mano. Pude reconocer sin demasiada dificultad su letra fina y estilizada. Puse un pie en las escaleras cuando oí un portazo un par de pisos más arriba y el rumor de unos pasos bajar apresuradamete los escalones. No había pasado del primer tramo de escaleras cuando sus sandalias viejas y su vestido de flores aparecieron. Se paró en seco al verme.
-¿Qué haces aquí? - me inquirió, demasiado sorprendida.
Miré hacia arriba buscando sus ojos. Los tenía rojos, como si hubiese llorado.
-¿Estás bien? - la pregunta me salió instintivamente.
Ella asintió levemente con la cabeza y bajó las escaleras que le faltaban para quedarse a mi altura. Echó una breve mirada hacia atrás y su coleta pelirroja se movió, casi rozándome la mejilla. Ahogó un suspiro y se cogió de mi mano, conduciéndome a la puerta. Me soltó y abrió. Salió a andar deprisa por la calle estrecha. La cogí del brazo y la paré. Ella volvió a ahogar un suspiro.
-¿Podemos ir a algún sitio? - su voz parecía más entera de lo que decían sus ojos.

martes, 26 de junio de 2012


Ella nunca hablaba de sí misma, o no explicitamente. Tampoco hablaba demasiado de otros. Simplemente le gustaba escuchar y observar. Un día no pude más y cuando ella se levantó para ir al baño, busqué apresuradamente en su bolso en pos de alguna pista que me dijese algo más. Dentro, meticulosamente doblado por la mitad, había un sobre. Matasellos de Madrid y el logotipo de una universidad. Había un nombre distinto al que ella me había dado, aunque eso ya me lo esperase, y una dirección. Intenté memorizarla lo más rápido posible mientras notaba la mirada cínica de Manuel detrás de la barra. Cabía la posibilidad de que no fuese de ella, pero no se me ocurría ningún otro motivo contundente para que la tuviese. Sin embargo, me parecía perfectamente factible que hubiese puesto el sobre ahí con la intención de que yo lo encontrase.

domingo, 24 de junio de 2012


Con el tiempo nuestros encuentros fueron casi diarios. Me estaba acostumbrando demasiado a su presencia. Los días que alguno de los dos faltaba a la cita entraba en un estado nervioso. Me corroía pensar con quién estaba en aquellos momentos. A veces pensaba que estaría enfrascada en algún libro de texto, estudiando su futuro, o con alguna amiga vagando por las tiendas de Gran Vía, como una adolescente más gastando el dinero de papá. Aunque aquella idea se me antojaba prácticamente inconcebible. Era más bien el tipo de niña que se dejaba la paga en alguna librería de segunda mano o se enfrascaba en algún libro en la soledad de su habitación. Otras veces me empeñaba en pensar que había sustituido mi compañía en el café por la de alguien más joven y que pudiese ofrecerle lo que yo le habría ofrecido en otras épocas de mi vida. Me venía a la mente su imagen en un dormitorio con mucha luz, probándose algún vestido algo más formal y pintándose los labios de rojo para acabar con los ojos del mismo color en algún bareto oscuro de mala muerte en cualquier esquina de Madrid, bebiendo vino barato con Coca-Cola y no llegando a casa.

miércoles, 20 de junio de 2012


Hacía más años de los que quisiera que había llegado yo a Madrid. Y como ella, el café también suponía para mí un sitio donde reencontrarme con la vida, con viejos fantasmas que no dejaban de perseguirme nunca, donde plantarles cara o huir de ellos. Aquel día había ido para intentar ponerle fin a un parón en mi trabajo. Hacía dos semanas que Carla y yo habíamos puesto un punto y final a lo nuestro después de demasiado puntos suspensivos. No hacía demasiado que había empezado nuestra historia, pero si lo suficiente para un par de vaivenes y para saber que no queríamos seguir. Y una cosa encadenó con la otra, aunque nunca supe cuál fue lo primero.
Me ganaba la vida escribiendo, lo que podía, guiones de cine, de series de televisión que a veces no llegaban al mes en antena, algún que otro reportaje que luego vendía a un precio irrisorio a alguna revista, y la mayoría del tiempo una historia que no acababa de cuajar ni en mi cabeza ni en el papel y que ningún editor querría publicar. Tal vez eran gajes del oficio, pero mi trabajo no daba los frutos esperados hacía cosa de trece años, cuando aterricé en la ciudad con las mismas ganas que ella, cuando me dio un tiempo de tregua y luego todo empezó a fallar. La frustración del genio, lo llamaba mi madre. Pero me estaba empezando a cansar.
En el café había escrito mis mejores historias y había pulido los artículos que me daban de comer en tiempos de sequía, pero ahora todo iba a peor. Sin saber muy bien por qué aquel día me había levantado y había decidido hacer borrón y cuenta nueva, así es que había cogido mis bártulos dispuesto a retomar mi vida de nuevo.
Como iba diciendo, encontré el café uno de esos días en que me esforzaba por conocer la nueva ciudad que iba a ser mía por aquel tiempo indefinido. Desde entonces, acudía allí frecuentemente y lo instauré como un templo a mi concentración y mi inspiración. Hay quien se encierra en la soledad de un despacho para trabajar, pero qué sitio mejor para escribir vidas que uno donde a diario se reunían decenas de ellas. Con el tiempo me fui dando cuenta de que el café tenía su propia fauna, todos aquellos que iban diariamente con sus quehaceres o simplemente con la idea de tomarse algo y seguir adelante con sus cosas. Manuel era el dueño del Café. Siempre estaba detrás de la barra con sus gafas al rente de la nariz y sus ojillos rodeados de arrugas. Estaba más cerca de los setenta que de los setenta, y ese había sido el negocio de su vida. Inmigrante, como casi todo el que vivía en Madrid, de algún pueblo recóndito de cualquier parte de España, habría ido a la capital en busca de una vida mejor. Sabía mejor que cualquiera lo que había. Al menos, mejor que cualquiera que tuviese mi edad. Aquel día, cuando Violeta se fue, se acercó y ocupó su lugar en la mesa. Tuvo que retirar la silla más de lo que estaba para que su barriga le permitiese acomodarse medianamente. Se sentó de forma quejumbrosa y se quitó las gafas, dejándolas caer sobre el pecho pendientes de un cordón que le pasaba por el cuello.
-Chaval - me dijo -, no sé cómo te irán las cosas, pero te diré algo: no vayas por ahí.

sábado, 16 de junio de 2012


Se acordaba. Increíblemente se acordaba. En aquel momento, una sensación de alegría me inundó y me hizo seguir. Le pregunté si el asiento a su lado estaba ocupado y me dijo que no. Todo era demasiado idílico, pero a mi siempre me ha gustado pensar que las cosas de las películas, las cosas que yo mismo escribía, podían ser verdad. Después de todo, yo vivía de eso. De hacerle creer a la gente que todas aquellas historias eran verdad. Así es que dejé mi mochila a un lado y ocupé la silla. No sabía muy bien qué hablar con ella, pero tampoco lo pensé. Casi al instante, la camarera me trajo mi café humeante. Le eché el azúcar y removí intentando que no pareciese que estaba nervioso o angustiado. Desvié la mirada sobre el papel arrugado, que estaba encima de una pequeña libretita, con el boli haciendo de pisapapeles.
-¿Qué escribes? - no sé por qué, pero sabía que la pregunta no estaba de más. Sabía que ella no lo iba a tomar como una ofensa, ni como una frase de quien intentaba entrometerse donde no le llamaban.
-De momento, no es nada. Sólo hago descripciones de lo que veo. Una ventana, un balcón, alguien que pasa por la calle sin saber a dónde va... -le dio una calada al cigarro-. Me gusta intentar saber cómo son sus vidas. Ya sabes - echó el humo, de nuevo muy despacio-, saber quiénes son, si viven en un piso en el centro o vienen de visita, si tienen un gato o un canario enjaulado en su cocina...
Y era cierto, lo sabía. Todo aquello debería darme miedo, o cuanto menos, algo de repelús. Pero lo único que hacía era aumentar mi curiosidad. Le di un sorbo al café e hice una mueca, aunque intenté disimularla. Demasiado caliente. No le vi la cara entonces, pero supe que ella había vuelto a curvar los labios en una especie de sonrisa socarrona. Buscó en su bolso y sacó un paquete de tabaco.
-¿Fumas?
Negué. Sacó un cigarro y se lo encendió.
-Hace mucho que no vienes - le dije.
-Tú también.
-He estado ocupado -no tenía por qué excusarme, pero lo hice-. A veces las cosas no salen como esperas. Y tardan más en terminar.
-O menos.
Asentí con la cabeza al tiempo que me daba cuenta de que ella sabía cosas que no debería. Y lo peor de todo es que no sabía cómo había llegado hasta ello.
-Por cierto, me llamo Julio.
-Violeta -dijo ella. Yo sabía que era un nombre falso. Pero mi madre siempre dijo que los nombres no importaban demasiado, sólo lo que había detrás de ellos. Los nombres sólo lo escondían.

domingo, 10 de junio de 2012


Aquel día la casualidad nos quiso hacer el favor. Hacía cosa de un mes que había dejado de llover. Un mes desde aquel encuentro fortuito en un portal, cuando ella se resguardaba de la lluvia, o esperaba a alguien, y yo me topé de lleno con sus ojos. Y en efecto, la casualidad, el destino, o lo que fuese aquello, quiso que me volviese a cruzar con aquellos ojos llameantes.
Hacía un par de semanas que yo no iba al café, no sé si por miedo a encontrármela de nuevo o por miedo a no verla. Desde aquel encuentro en el portal no volví a verla. Pero allí estaba aquel día, sin que yo albergase esperanza alguna de ello. La verdad es que no sé porqué había estado yendo allí con la esperanza de verla sentada en alguno de esos sillones, pero supongo que era por la misma razón que me empujó a entrar en el portal el día lluvioso, aunque yo pudiese proseguir mi camino alegremente.
El caso es que la vi, sentada en una de las sillas de la linde entre la acera y el interior, con su vestido estampado de flores, las sandalias gastadas y las gafas de sol baratas en la cabeza mientras sostenía un cigarrillo con la zurda y con la diestra garabateaba algo en un papel arrugado. Acabó de escribir, levantó la cabeza y le dio una calada al cigarro y mientras expulsaba el humo lentamente vi que sus ojos se cruzaron con los míos y me pareció averiguar una sonrisa medio torcida en ellos.
Instintivamente, me acerqué a la barra y pedí lo de siempre, un café con leche. Me di media vuelta y me acodé en la barra, haciendo con que buscaba un sitio libre para esparcir mis papeles y mi portátil. Pero mis ojos no dejaban de traicionarme y poner la vista sobre ella, que le daba un sorbo largo a su café con leche con hielo.
Y ese ente maligno que me hacía hacer cosas sin pensar me hizo que me acercase a su mesa, supongo que con la misma sonrisa estúpida que cuando era adolescente y nunca estaba seguro de nada, y saludarla.
-Ha dejado de llover - me dijo ella con voz cálida y una de esas sonrisas burlonas.

miércoles, 30 de mayo de 2012


Eran las cinco de la tarde y ya llevaba tres horas en aquel tren infernal que le llevaba a casa. En realidad no era su casa ni el sitio donde había nacido, ni siquiera donde se había criado. Pero ya lo consideraba como tal. Hacía a penas año y medio que había llegado allí con las maletas llenas de poca ropa, mucho libros y demasiadas expectativas. Nunca pensó que las fuese a rebasar.
Siempre había oído que a su edad debería enamorarse de hombres, y dejar las ciudades para más adelante. Pero con la veintena todavía sin cumplir pensó que los hombres podían esperar a que la ciudad dejase un hueco, mellado o no, en su joven corazón. Desde hacía años, cuando veía la ciudad que la vio nacer desde la ventana de su habitación, su mente volaba hacia un futuro que se le antojaba demasiado lejano, por muy deprisa que pasasen los días. Soñaba con un futuro de calles transitadas por carreteras de cuatro carriles, tiendas enormes por cuyos escaparates pasaría sin parpadear, edificios gigantescos cuyo fin a penas se veía cortando el cielo.
Y ahora allí estaba, viendo como el tren dejaba atrás los campos verdes moteados de colores aquí y allá, alguna casa desvencijada que no requería demasiada atención, esperando a que el destino de su billete le llevase de nuevo a las calles estrechas y las librerías angostas que la ciudad de su futuro le había deparado, donde había encontrado la paz tantas veces.
Le gustaba deambular por Madrid, más sola que acompañada, con unas gafas de sol baratas cuando el sol arreciaba como única protección contra la ciudad. Iba y venía sin dejarse llevar por las prisas que tanto asustaban a todos. Ella, después de todo, marcaba el ritmo de la ciudad a su antojo. Era lo único que le pedía. Un ritmo a su medida que le permitiese seguir en aquella simbiosis perfecta con su futuro.
A la cuarta hora Atocha le dio la bienvenida de nuevo. En los andenes de la estación siempre hacía frío, o por lo menos a ella le parecía. Se echaba la mochila al hombro, cogía la maleta y avanzaba con paso tranquilo pero firme hacia el metro que la llevaba a casa. Una vez más, no era la casa de siempre, pero era la que en poco tiempo se había convertido en suya. Un bunker contra la monotonía.
En una de esas calles estrechas, junto a una de esas librerías angostas que ponían en la acera cestas con libros más que asequibles a su bolsillo, encontró uno de los sitios más amables para ir cuando el aire bohemio golpeaba en su cristal y se cansaba del mundo. Un sitio alternativo en el que reconciliarse con el Mundo cuando éste se empeñaba en darle la espalda. De vez en cuando se dejaba caer por allí, en sus sillones de terciopelo rojo, con un café delante y un libro ajado o una libreta con las páginas garabateadas de letras o dibujos sin sentido. Se sentía bien allí, ajena a la ciudad y a los ojos de quienes no quería que la viera.
Cuando el calor arreciaba solían abrir la gran cristalera que hacía de esquina en el café y ponían un par de mesas en la linde entre la acera y el interior. Entonces ella se sentaba en aquellas sillas, con sus gafas de sol baratas, su vestido de flores de todos los veranos y las sandalias gastadas. Se pasaba las horas muertas solo mirando pasar a la gente, o la arquitectura de los edificios, con sus pequeños balcones de forja, y de vez en cuando anotaba algo en una servilleta o en algún papel arrugado que encontraba en el bolso junto al bolígrafo que siempre llevaba. De vez en cuando encendía un cigarrillo y fumaba despacio, tan despacio que el tiempo parecía detenerse y evaporarse con el humo.

martes, 29 de mayo de 2012

No eran pocas las ocasiones que frecuentaban el bar y sin embargo nunca habían reparado el uno en el otro, estuviesen solos o acompañados, nada más allá de una simple ojeada al panorama que les rodeaba para evadirse durante unos segundos de sus asuntos y que el uno entrase en el campo de visión del otro.
No fue hasta aquella noche sucia de abril, cuando parecía que el verano había decidido adelantarse unos meses, cuando se conocieron. Ella esperaba a alguien que nunca llegaría sentada en un portal de una avenida transitada, con las botas salpicadas por la lluvia torrencial que caía sobre la ciudad. Él andaba a ratos deprisa y a ratos despacio, sin paraguas y con la mochila al hombro.
Ella alzó la mirada al oir sus pasos acercarse, esta vez pausados. Y algo que nunca supo lo que era hizo que él se detuviera justo a la altura del portal en el que ella esperaba. No pensó demasiado y entró, con la mala excusa que nunca pronunció de resguardarse de la lluvia.
Ella no se inmutó, o al menos no demasiado, pues siguió con la lectura de su libro ajado de Historia. Él echaba vistazos haca fuera las pocas veces que no fijaba su vista en la coleta pelirroja y rizada, tal vez incluso enmarañada, de ella. No era un tono anaranjado, como se usa, sino más bien tirando a rojizo o a granate. Pensó de repente que era demasiado joven para teñirse. O que él estaba desfasado. No pensó en hablar, pero lo hizo.
-¿Te importa que me siente?
Ella esbozó un breve no en tono neutral, aunque amable y él posó la cartera en el escalón mientras ocupaba el puesto que el destino le había reservado.
-Llueve mucho... - dijo tratando de parecer desinteresado y a la vez romper el hielo.
-Durará una hora más o menos. Luego escampará un poco - objetó ella.
No tenía voz de niña, aunque su cara dijese lo contrario. Desde el principio supo que al hablar se le echaban los años que nunca querría tener encima.
El silencio se hizo confundiéndose con las gotas de lluvia que se estampaban con fuerza contra la acera y los paraguas de los transeuntes, que no dejaban sus caminos ni con aquella bochornosa tormenta.
-¿Qué lees? - inquirió a riesgo de entrometerse demasiado.
-El libro de Historia del instituto.
-¿Tienes examen?
-No, pero me gusta.
Él arqueó ligeramente una ceja. Después de todo, esperaba esa respuesta. Nadie repasaba tanto los libros si no era por una pasión como la suya.
Sonrió a medias mientras veía caer al suelo, como una señal divina, una servilleta del café. Se abalanzó sobre ella, tal vez demasiado rápido, con una sensación entre sorpresa y complacencia. Se la tendió con la meda sonrisa que le faltaba.
-No te he visto nunca por allí...
-Mirarás poco - aventuró, divertida mientras colocaba la servilleta a modo de marcapáginas entre dos ajadas páginas del libro de historia y lo cerraba-. Voy bastante.
Y en el acto se levantó, se colgó su mochila al hombro, salió del portal dejando que los restos de lluvia humedeciesen su melena rizada roja.
-Me tengo que ir - musitó-. Llego tarde.
Él asintió, distraído.
-Nos vemos en el café - afirmó, aunque no muy convencido, mientras la veía alejarse de él ante la calle atestada de paraguas y charcos. 

Dicen que las mejores historias nacen en las calles de alguna gran ciudad, en la Gran Manzana de Nueva York o en alguna esquina de Montparnasse en París, pero esta vio la liz en un pequeño café, escondido en una de las calles de Masaña, en uno de esos puntos desconocidos de Madrid. En aquel entonces ni ellos ni ninguno de los desesperados que había en el café podría imaginarse nada. Ni tan siquiera se vieron. Él tomaba café con leche y mucha azúcar mientras tecleaba exasperado en su ordenador y revisaba algo, igualmente indeciso, en unos papeles ajados que cubrían casi por completo la mesa del café. Ella ocupaba un banco entero, con los pies encima del lugar reservado a un acompañanate ausente mientras esperaba su café solo sin ningún tipo de edulcorante subrayando un libro de Historia que apoyaba en las rodillas.
Y eso fue todo aquel día lluvioso de marzo que nada iba a cambiar.