Se acordaba. Increíblemente se
acordaba. En aquel momento, una sensación de alegría me inundó y
me hizo seguir. Le pregunté si el asiento a su lado estaba ocupado y
me dijo que no. Todo era demasiado idílico, pero a mi siempre me ha
gustado pensar que las cosas de las películas, las cosas que yo
mismo escribía, podían ser verdad. Después de todo, yo vivía de
eso. De hacerle creer a la gente que todas aquellas historias eran
verdad. Así es que dejé mi mochila a un lado y ocupé la silla. No
sabía muy bien qué hablar con ella, pero tampoco lo pensé. Casi al
instante, la camarera me trajo mi café humeante. Le eché el azúcar
y removí intentando que no pareciese que estaba nervioso o
angustiado. Desvié la mirada sobre el papel arrugado, que estaba
encima de una pequeña libretita, con el boli haciendo de
pisapapeles.
-¿Qué escribes? - no sé por qué,
pero sabía que la pregunta no estaba de más. Sabía que ella no lo
iba a tomar como una ofensa, ni como una frase de quien intentaba
entrometerse donde no le llamaban.
-De momento, no es nada. Sólo hago
descripciones de lo que veo. Una ventana, un balcón, alguien que
pasa por la calle sin saber a dónde va... -le dio una calada al
cigarro-. Me gusta intentar saber cómo son sus vidas. Ya sabes -
echó el humo, de nuevo muy despacio-, saber quiénes son, si viven
en un piso en el centro o vienen de visita, si tienen un gato o un
canario enjaulado en su cocina...
Y era cierto, lo sabía. Todo aquello
debería darme miedo, o cuanto menos, algo de repelús. Pero lo único
que hacía era aumentar mi curiosidad. Le di un sorbo al café e hice
una mueca, aunque intenté disimularla. Demasiado caliente. No le vi
la cara entonces, pero supe que ella había vuelto a curvar los
labios en una especie de sonrisa socarrona. Buscó en su bolso y sacó
un paquete de tabaco.
-¿Fumas?
Negué. Sacó un cigarro y se lo
encendió.
-Hace mucho que no vienes - le dije.
-Tú también.
-He estado ocupado -no tenía por qué
excusarme, pero lo hice-. A veces las cosas no salen como esperas. Y
tardan más en terminar.
-O menos.
Asentí con la cabeza al tiempo que me
daba cuenta de que ella sabía cosas que no debería. Y lo peor de
todo es que no sabía cómo había llegado hasta ello.
-Por cierto, me llamo Julio.
-Violeta -dijo ella. Yo sabía que era
un nombre falso. Pero mi madre siempre dijo que los nombres no
importaban demasiado, sólo lo que había detrás de ellos. Los
nombres sólo lo escondían.
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