Hacía más años de los que quisiera
que había llegado yo a Madrid. Y como ella, el café también
suponía para mí un sitio donde reencontrarme con la vida, con
viejos fantasmas que no dejaban de perseguirme nunca, donde
plantarles cara o huir de ellos. Aquel día había ido para intentar
ponerle fin a un parón en mi trabajo. Hacía dos semanas que Carla y
yo habíamos puesto un punto y final a lo nuestro después de
demasiado puntos suspensivos. No hacía demasiado que había empezado
nuestra historia, pero si lo suficiente para un par de vaivenes y
para saber que no queríamos seguir. Y una cosa encadenó con la
otra, aunque nunca supe cuál fue lo primero.
Me ganaba la vida escribiendo, lo que
podía, guiones de cine, de series de televisión que a veces no
llegaban al mes en antena, algún que otro reportaje que luego vendía
a un precio irrisorio a alguna revista, y la mayoría del tiempo una
historia que no acababa de cuajar ni en mi cabeza ni en el papel y
que ningún editor querría publicar. Tal vez eran gajes del oficio,
pero mi trabajo no daba los frutos esperados hacía cosa de trece
años, cuando aterricé en la ciudad con las mismas ganas que ella,
cuando me dio un tiempo de tregua y luego todo empezó a fallar. La
frustración del genio, lo llamaba mi madre. Pero me estaba empezando
a cansar.
En el café había escrito mis mejores
historias y había pulido los artículos que me daban de comer en
tiempos de sequía, pero ahora todo iba a peor. Sin saber muy bien
por qué aquel día me había levantado y había decidido hacer
borrón y cuenta nueva, así es que había cogido mis bártulos
dispuesto a retomar mi vida de nuevo.
Como iba diciendo, encontré el café
uno de esos días en que me esforzaba por conocer la nueva ciudad que
iba a ser mía por aquel tiempo indefinido. Desde entonces, acudía
allí frecuentemente y lo instauré como un templo a mi concentración
y mi inspiración. Hay quien se encierra en la soledad de un despacho
para trabajar, pero qué sitio mejor para escribir vidas que uno
donde a diario se reunían decenas de ellas. Con el tiempo me fui
dando cuenta de que el café tenía su propia fauna, todos aquellos
que iban diariamente con sus quehaceres o simplemente con la idea de
tomarse algo y seguir adelante con sus cosas. Manuel era el dueño
del Café. Siempre estaba detrás de la barra con sus gafas al rente
de la nariz y sus ojillos rodeados de arrugas. Estaba más cerca de
los setenta que de los setenta, y ese había sido el negocio de su
vida. Inmigrante, como casi todo el que vivía en Madrid, de algún
pueblo recóndito de cualquier parte de España, habría ido a la
capital en busca de una vida mejor. Sabía mejor que cualquiera lo
que había. Al menos, mejor que cualquiera que tuviese mi edad. Aquel
día, cuando Violeta se fue, se acercó y ocupó su lugar en la mesa.
Tuvo que retirar la silla más de lo que estaba para que su barriga
le permitiese acomodarse medianamente. Se sentó de forma quejumbrosa
y se quitó las gafas, dejándolas caer sobre el pecho pendientes de
un cordón que le pasaba por el cuello.
-Chaval - me dijo -, no sé cómo te
irán las cosas, pero te diré algo: no vayas por ahí.
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