miércoles, 20 de junio de 2012


Hacía más años de los que quisiera que había llegado yo a Madrid. Y como ella, el café también suponía para mí un sitio donde reencontrarme con la vida, con viejos fantasmas que no dejaban de perseguirme nunca, donde plantarles cara o huir de ellos. Aquel día había ido para intentar ponerle fin a un parón en mi trabajo. Hacía dos semanas que Carla y yo habíamos puesto un punto y final a lo nuestro después de demasiado puntos suspensivos. No hacía demasiado que había empezado nuestra historia, pero si lo suficiente para un par de vaivenes y para saber que no queríamos seguir. Y una cosa encadenó con la otra, aunque nunca supe cuál fue lo primero.
Me ganaba la vida escribiendo, lo que podía, guiones de cine, de series de televisión que a veces no llegaban al mes en antena, algún que otro reportaje que luego vendía a un precio irrisorio a alguna revista, y la mayoría del tiempo una historia que no acababa de cuajar ni en mi cabeza ni en el papel y que ningún editor querría publicar. Tal vez eran gajes del oficio, pero mi trabajo no daba los frutos esperados hacía cosa de trece años, cuando aterricé en la ciudad con las mismas ganas que ella, cuando me dio un tiempo de tregua y luego todo empezó a fallar. La frustración del genio, lo llamaba mi madre. Pero me estaba empezando a cansar.
En el café había escrito mis mejores historias y había pulido los artículos que me daban de comer en tiempos de sequía, pero ahora todo iba a peor. Sin saber muy bien por qué aquel día me había levantado y había decidido hacer borrón y cuenta nueva, así es que había cogido mis bártulos dispuesto a retomar mi vida de nuevo.
Como iba diciendo, encontré el café uno de esos días en que me esforzaba por conocer la nueva ciudad que iba a ser mía por aquel tiempo indefinido. Desde entonces, acudía allí frecuentemente y lo instauré como un templo a mi concentración y mi inspiración. Hay quien se encierra en la soledad de un despacho para trabajar, pero qué sitio mejor para escribir vidas que uno donde a diario se reunían decenas de ellas. Con el tiempo me fui dando cuenta de que el café tenía su propia fauna, todos aquellos que iban diariamente con sus quehaceres o simplemente con la idea de tomarse algo y seguir adelante con sus cosas. Manuel era el dueño del Café. Siempre estaba detrás de la barra con sus gafas al rente de la nariz y sus ojillos rodeados de arrugas. Estaba más cerca de los setenta que de los setenta, y ese había sido el negocio de su vida. Inmigrante, como casi todo el que vivía en Madrid, de algún pueblo recóndito de cualquier parte de España, habría ido a la capital en busca de una vida mejor. Sabía mejor que cualquiera lo que había. Al menos, mejor que cualquiera que tuviese mi edad. Aquel día, cuando Violeta se fue, se acercó y ocupó su lugar en la mesa. Tuvo que retirar la silla más de lo que estaba para que su barriga le permitiese acomodarse medianamente. Se sentó de forma quejumbrosa y se quitó las gafas, dejándolas caer sobre el pecho pendientes de un cordón que le pasaba por el cuello.
-Chaval - me dijo -, no sé cómo te irán las cosas, pero te diré algo: no vayas por ahí.

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