domingo, 24 de junio de 2012


Con el tiempo nuestros encuentros fueron casi diarios. Me estaba acostumbrando demasiado a su presencia. Los días que alguno de los dos faltaba a la cita entraba en un estado nervioso. Me corroía pensar con quién estaba en aquellos momentos. A veces pensaba que estaría enfrascada en algún libro de texto, estudiando su futuro, o con alguna amiga vagando por las tiendas de Gran Vía, como una adolescente más gastando el dinero de papá. Aunque aquella idea se me antojaba prácticamente inconcebible. Era más bien el tipo de niña que se dejaba la paga en alguna librería de segunda mano o se enfrascaba en algún libro en la soledad de su habitación. Otras veces me empeñaba en pensar que había sustituido mi compañía en el café por la de alguien más joven y que pudiese ofrecerle lo que yo le habría ofrecido en otras épocas de mi vida. Me venía a la mente su imagen en un dormitorio con mucha luz, probándose algún vestido algo más formal y pintándose los labios de rojo para acabar con los ojos del mismo color en algún bareto oscuro de mala muerte en cualquier esquina de Madrid, bebiendo vino barato con Coca-Cola y no llegando a casa.

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