Con el tiempo
nuestros encuentros fueron casi diarios. Me estaba acostumbrando
demasiado a su presencia. Los días que alguno de los dos faltaba a
la cita entraba en un estado nervioso. Me corroía pensar con quién
estaba en aquellos momentos. A veces pensaba que estaría enfrascada
en algún libro de texto, estudiando su futuro, o con alguna amiga
vagando por las tiendas de Gran Vía, como una adolescente más
gastando el dinero de papá. Aunque aquella idea se me antojaba
prácticamente inconcebible. Era más bien el tipo de niña que se
dejaba la paga en alguna librería de segunda mano o se enfrascaba en
algún libro en la soledad de su habitación. Otras veces me empeñaba
en pensar que había sustituido mi compañía en el café por la de
alguien más joven y que pudiese ofrecerle lo que yo le habría
ofrecido en otras épocas de mi vida. Me venía a la mente su imagen
en un dormitorio con mucha luz, probándose algún vestido algo más
formal y pintándose los labios de rojo para acabar con los ojos del
mismo color en algún bareto oscuro de mala muerte en cualquier
esquina de Madrid, bebiendo vino barato con Coca-Cola y no llegando a
casa.
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