martes, 29 de mayo de 2012

No eran pocas las ocasiones que frecuentaban el bar y sin embargo nunca habían reparado el uno en el otro, estuviesen solos o acompañados, nada más allá de una simple ojeada al panorama que les rodeaba para evadirse durante unos segundos de sus asuntos y que el uno entrase en el campo de visión del otro.
No fue hasta aquella noche sucia de abril, cuando parecía que el verano había decidido adelantarse unos meses, cuando se conocieron. Ella esperaba a alguien que nunca llegaría sentada en un portal de una avenida transitada, con las botas salpicadas por la lluvia torrencial que caía sobre la ciudad. Él andaba a ratos deprisa y a ratos despacio, sin paraguas y con la mochila al hombro.
Ella alzó la mirada al oir sus pasos acercarse, esta vez pausados. Y algo que nunca supo lo que era hizo que él se detuviera justo a la altura del portal en el que ella esperaba. No pensó demasiado y entró, con la mala excusa que nunca pronunció de resguardarse de la lluvia.
Ella no se inmutó, o al menos no demasiado, pues siguió con la lectura de su libro ajado de Historia. Él echaba vistazos haca fuera las pocas veces que no fijaba su vista en la coleta pelirroja y rizada, tal vez incluso enmarañada, de ella. No era un tono anaranjado, como se usa, sino más bien tirando a rojizo o a granate. Pensó de repente que era demasiado joven para teñirse. O que él estaba desfasado. No pensó en hablar, pero lo hizo.
-¿Te importa que me siente?
Ella esbozó un breve no en tono neutral, aunque amable y él posó la cartera en el escalón mientras ocupaba el puesto que el destino le había reservado.
-Llueve mucho... - dijo tratando de parecer desinteresado y a la vez romper el hielo.
-Durará una hora más o menos. Luego escampará un poco - objetó ella.
No tenía voz de niña, aunque su cara dijese lo contrario. Desde el principio supo que al hablar se le echaban los años que nunca querría tener encima.
El silencio se hizo confundiéndose con las gotas de lluvia que se estampaban con fuerza contra la acera y los paraguas de los transeuntes, que no dejaban sus caminos ni con aquella bochornosa tormenta.
-¿Qué lees? - inquirió a riesgo de entrometerse demasiado.
-El libro de Historia del instituto.
-¿Tienes examen?
-No, pero me gusta.
Él arqueó ligeramente una ceja. Después de todo, esperaba esa respuesta. Nadie repasaba tanto los libros si no era por una pasión como la suya.
Sonrió a medias mientras veía caer al suelo, como una señal divina, una servilleta del café. Se abalanzó sobre ella, tal vez demasiado rápido, con una sensación entre sorpresa y complacencia. Se la tendió con la meda sonrisa que le faltaba.
-No te he visto nunca por allí...
-Mirarás poco - aventuró, divertida mientras colocaba la servilleta a modo de marcapáginas entre dos ajadas páginas del libro de historia y lo cerraba-. Voy bastante.
Y en el acto se levantó, se colgó su mochila al hombro, salió del portal dejando que los restos de lluvia humedeciesen su melena rizada roja.
-Me tengo que ir - musitó-. Llego tarde.
Él asintió, distraído.
-Nos vemos en el café - afirmó, aunque no muy convencido, mientras la veía alejarse de él ante la calle atestada de paraguas y charcos. 

1 comentario: