miércoles, 30 de mayo de 2012


Eran las cinco de la tarde y ya llevaba tres horas en aquel tren infernal que le llevaba a casa. En realidad no era su casa ni el sitio donde había nacido, ni siquiera donde se había criado. Pero ya lo consideraba como tal. Hacía a penas año y medio que había llegado allí con las maletas llenas de poca ropa, mucho libros y demasiadas expectativas. Nunca pensó que las fuese a rebasar.
Siempre había oído que a su edad debería enamorarse de hombres, y dejar las ciudades para más adelante. Pero con la veintena todavía sin cumplir pensó que los hombres podían esperar a que la ciudad dejase un hueco, mellado o no, en su joven corazón. Desde hacía años, cuando veía la ciudad que la vio nacer desde la ventana de su habitación, su mente volaba hacia un futuro que se le antojaba demasiado lejano, por muy deprisa que pasasen los días. Soñaba con un futuro de calles transitadas por carreteras de cuatro carriles, tiendas enormes por cuyos escaparates pasaría sin parpadear, edificios gigantescos cuyo fin a penas se veía cortando el cielo.
Y ahora allí estaba, viendo como el tren dejaba atrás los campos verdes moteados de colores aquí y allá, alguna casa desvencijada que no requería demasiada atención, esperando a que el destino de su billete le llevase de nuevo a las calles estrechas y las librerías angostas que la ciudad de su futuro le había deparado, donde había encontrado la paz tantas veces.
Le gustaba deambular por Madrid, más sola que acompañada, con unas gafas de sol baratas cuando el sol arreciaba como única protección contra la ciudad. Iba y venía sin dejarse llevar por las prisas que tanto asustaban a todos. Ella, después de todo, marcaba el ritmo de la ciudad a su antojo. Era lo único que le pedía. Un ritmo a su medida que le permitiese seguir en aquella simbiosis perfecta con su futuro.
A la cuarta hora Atocha le dio la bienvenida de nuevo. En los andenes de la estación siempre hacía frío, o por lo menos a ella le parecía. Se echaba la mochila al hombro, cogía la maleta y avanzaba con paso tranquilo pero firme hacia el metro que la llevaba a casa. Una vez más, no era la casa de siempre, pero era la que en poco tiempo se había convertido en suya. Un bunker contra la monotonía.
En una de esas calles estrechas, junto a una de esas librerías angostas que ponían en la acera cestas con libros más que asequibles a su bolsillo, encontró uno de los sitios más amables para ir cuando el aire bohemio golpeaba en su cristal y se cansaba del mundo. Un sitio alternativo en el que reconciliarse con el Mundo cuando éste se empeñaba en darle la espalda. De vez en cuando se dejaba caer por allí, en sus sillones de terciopelo rojo, con un café delante y un libro ajado o una libreta con las páginas garabateadas de letras o dibujos sin sentido. Se sentía bien allí, ajena a la ciudad y a los ojos de quienes no quería que la viera.
Cuando el calor arreciaba solían abrir la gran cristalera que hacía de esquina en el café y ponían un par de mesas en la linde entre la acera y el interior. Entonces ella se sentaba en aquellas sillas, con sus gafas de sol baratas, su vestido de flores de todos los veranos y las sandalias gastadas. Se pasaba las horas muertas solo mirando pasar a la gente, o la arquitectura de los edificios, con sus pequeños balcones de forja, y de vez en cuando anotaba algo en una servilleta o en algún papel arrugado que encontraba en el bolso junto al bolígrafo que siempre llevaba. De vez en cuando encendía un cigarrillo y fumaba despacio, tan despacio que el tiempo parecía detenerse y evaporarse con el humo.

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