martes, 29 de mayo de 2012

Dicen que las mejores historias nacen en las calles de alguna gran ciudad, en la Gran Manzana de Nueva York o en alguna esquina de Montparnasse en París, pero esta vio la liz en un pequeño café, escondido en una de las calles de Masaña, en uno de esos puntos desconocidos de Madrid. En aquel entonces ni ellos ni ninguno de los desesperados que había en el café podría imaginarse nada. Ni tan siquiera se vieron. Él tomaba café con leche y mucha azúcar mientras tecleaba exasperado en su ordenador y revisaba algo, igualmente indeciso, en unos papeles ajados que cubrían casi por completo la mesa del café. Ella ocupaba un banco entero, con los pies encima del lugar reservado a un acompañanate ausente mientras esperaba su café solo sin ningún tipo de edulcorante subrayando un libro de Historia que apoyaba en las rodillas.
Y eso fue todo aquel día lluvioso de marzo que nada iba a cambiar.

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