miércoles, 4 de julio de 2012


Aquello no sólo iba a suponer un cambio para ella, también era un gran contratiempo para mi. Pero yo lo acogía encantado. Eso era lo que el destino me había reservado y yo tenía que verle el lado positivo. Tal vez no fuese lo más indicado después de que Carla y yo lo dejásemos, meter ahora a la niña, por la que sentía una predilección casi irracional, en mi casa. Pero era lo que había.
Aquel día se fue a casa con la excusa de empaquetar todo. Yo iría a ayudarla al día siguiente a hacer la mudanza. Su casa hasta aquel momento era un piso como tantos otros que alquilaban a estudiantes en Madrid: pequeño, viejo y bastante caro para lo que era, con pocos muebles y menos luz, pero que aún así parecía llena de vida. La verdad es que ella no tenía demasiadas cosas, a penas un par de maletas y unas pocas cajas llenas de libros, todos de segunda mano, mínimo, y un puñado de apuntes cogidos a mano en folios manchados de café.
Le hice un sitio en el armario de la habitación que me sobraba. Me reconfortó en cierto modo ver sus vestidos de flores colgados y sus sandalias viejas alineadas al lado del armario, como si siempre hubiesen estado ahí. Era demasiado fácil acostumbrarse a su presencia. Recuerdo la primera vez que la vi dormida en el sofá. Los ojos se le fueron cerrando delante de algún programa estúpido del televisor. Respiraba de forma pausada, casi inaudible. La miré durante un rato, no sé todavía si de la forma en que se mira a alguien de quien te acabas de enamorar y crees que siempre va a estar ahí o de esa otra en que un padre orgulloso mira a su hijo. Mi razón me impulsaba a pensar que la consideraba como una hija, como alguien de quien me tenía que hacer cargo irremediablemente. Después de todo, casi podría haberlo sido. Aunque como cantó Gardel, 20 años podían no ser nada. Pero la parte de mi cerebro que menos controlaba me hacía verla como la sustituta perfecta de Carla. Una de esas personas que solo encuentras una vez en la vida y te hacen cuestionarte todo lo que has vivido hasta ese momento. Tal vez fuese una mezcla de ambos sentimientos demasiado confundidos. Se empeñaba, aunque ella no fuese del todo consciente, en ser mi pequeña Lolita y yo el Nabokov que siempre la tendría presente.

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