Aquello no sólo
iba a suponer un cambio para ella, también era un gran contratiempo
para mi. Pero yo lo acogía encantado. Eso era lo que el destino me
había reservado y yo tenía que verle el lado positivo. Tal vez no
fuese lo más indicado después de que Carla y yo lo dejásemos,
meter ahora a la niña, por la que sentía una predilección casi
irracional, en mi casa. Pero era lo que había.
Aquel día se fue
a casa con la excusa de empaquetar todo. Yo iría a ayudarla al día
siguiente a hacer la mudanza. Su casa hasta aquel momento era un piso
como tantos otros que alquilaban a estudiantes en Madrid: pequeño,
viejo y bastante caro para lo que era, con pocos muebles y menos luz,
pero que aún así parecía llena de vida. La verdad es que ella no
tenía demasiadas cosas, a penas un par de maletas y unas pocas cajas
llenas de libros, todos de segunda mano, mínimo, y un puñado de
apuntes cogidos a mano en folios manchados de café.
Le hice un sitio
en el armario de la habitación que me sobraba. Me reconfortó en
cierto modo ver sus vestidos de flores colgados y sus sandalias
viejas alineadas al lado del armario, como si siempre hubiesen estado
ahí. Era demasiado fácil acostumbrarse a su presencia. Recuerdo la
primera vez que la vi dormida en el sofá. Los ojos se le fueron
cerrando delante de algún programa estúpido del televisor.
Respiraba de forma pausada, casi inaudible. La miré durante un rato,
no sé todavía si de la forma en que se mira a alguien de quien te
acabas de enamorar y crees que siempre va a estar ahí o de esa otra
en que un padre orgulloso mira a su hijo. Mi razón me impulsaba a
pensar que la consideraba como una hija, como alguien de quien me
tenía que hacer cargo irremediablemente. Después de todo, casi
podría haberlo sido. Aunque como cantó Gardel, 20 años podían no
ser nada. Pero la parte de mi cerebro que menos controlaba me
hacía verla como la sustituta perfecta de Carla. Una de esas
personas que solo encuentras una vez en la vida y te hacen
cuestionarte todo lo que has vivido hasta ese momento. Tal vez fuese
una mezcla de ambos sentimientos demasiado confundidos. Se empeñaba,
aunque ella no fuese del todo consciente, en ser mi pequeña Lolita y
yo el Nabokov que siempre la tendría presente.
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