No se me ocurría
otro sitio mejor que mi casa. Después de todo, lo que necesitaba en
aquellos momentos no era precisamente sentarse en un café atestado
de gente a media mañana a fumar y beber café como un alma
desconsolada. Yo no vivía muy lejos del café. Y respectivamente,
ella tampoco. Así que el camino no se hizo demasiado pesado. Busqué
las llaves mientras ella esperaba, paciente, recostada en la pared
del portal ahogando más suspiros. Entramos en el ascensor y repitió
la acción de espera. Se miraba los pies e intermitentemente dirigía
su mirada al techo, evitando fijarla demasiado tiempo en cualquier
punto concreto. Yo hacía lo propio evitando hablar. La verdad es que
no sabía qué hacer. Cuando entramos en el salón, se sentó en la
punta del sofá, inquieta.
-Puedes contarme
lo que quieras. Si puedo ayudarte...
Ella asintió. Lo
sabía. Era de esa gente que sabe las cosas antes de que pasen.
Se levantó y
empezó a dar vueltas por el salón. Yo seguía sin saber qué iba a
hacer. De vez en cuando abría la boca, pero la cerraba con la misma
rapidez al no encontrar las palabras adecuadas. Después de todo,
tampoco sabía a lo que me enfrentaba.
Se sentó a mi
lado en el sofá y empezó a hablar como nunca antes lo había hecho.
-Estoy jodida –
murmuró -. No sé por dónde empezar, pero necesito que alguien me
diga por dónde seguir...
El silencio se
hizo. Ella seguía evitando mantener su mirada fija en ningún sitio.
Pero probablemente en el fondo no fuese así.
-Hace un año que
mis padres murieron en un accidente de tráfico -lo soltó como si
fuese la cosa más normal del mundo, en un tono que me pareció
incluso demasiado neutral-.Soy hija única, así es que todo quedó
para mi. No era demasiado, pero pensé que me podía servir hasta que
encontrase algo mejor. Hace un par de días que se acabó.
-¿No tienes
familia con la que ir?
Negó con la
cabeza.
-Ellos ya tienen
bastante con lo suyo. No puedo pedirles que se ocupen ahora también
de mi... No puedo pagar la universidad, ni el piso, ni la comida...
Reaccioné sin
pensar. Yo tampoco estaba para tirar cohetes. Pero, poco o mucho,
podía ofrecerle algo. Sabía que ella no me lo estaba pidiendo.
-Escucha... Vamos
a hacer una cosa. De momento te puedes quedar aquí. Cuando quieras
vamos a por tus cosas y te instalas...
Esta vez suspiró
del todo. Los ojos rojos se humedecieron aún más y vi una lágrima
caerle por el perfil. Le pasé un brazo por los hombros. No era
mucho, pero quizás le serviría de consuelo.
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