martes, 3 de julio de 2012


No se me ocurría otro sitio mejor que mi casa. Después de todo, lo que necesitaba en aquellos momentos no era precisamente sentarse en un café atestado de gente a media mañana a fumar y beber café como un alma desconsolada. Yo no vivía muy lejos del café. Y respectivamente, ella tampoco. Así que el camino no se hizo demasiado pesado. Busqué las llaves mientras ella esperaba, paciente, recostada en la pared del portal ahogando más suspiros. Entramos en el ascensor y repitió la acción de espera. Se miraba los pies e intermitentemente dirigía su mirada al techo, evitando fijarla demasiado tiempo en cualquier punto concreto. Yo hacía lo propio evitando hablar. La verdad es que no sabía qué hacer. Cuando entramos en el salón, se sentó en la punta del sofá, inquieta.
-Puedes contarme lo que quieras. Si puedo ayudarte...
Ella asintió. Lo sabía. Era de esa gente que sabe las cosas antes de que pasen.
Se levantó y empezó a dar vueltas por el salón. Yo seguía sin saber qué iba a hacer. De vez en cuando abría la boca, pero la cerraba con la misma rapidez al no encontrar las palabras adecuadas. Después de todo, tampoco sabía a lo que me enfrentaba.
Se sentó a mi lado en el sofá y empezó a hablar como nunca antes lo había hecho.
-Estoy jodida – murmuró -. No sé por dónde empezar, pero necesito que alguien me diga por dónde seguir...
El silencio se hizo. Ella seguía evitando mantener su mirada fija en ningún sitio. Pero probablemente en el fondo no fuese así.
-Hace un año que mis padres murieron en un accidente de tráfico -lo soltó como si fuese la cosa más normal del mundo, en un tono que me pareció incluso demasiado neutral-.Soy hija única, así es que todo quedó para mi. No era demasiado, pero pensé que me podía servir hasta que encontrase algo mejor. Hace un par de días que se acabó.
-¿No tienes familia con la que ir?
Negó con la cabeza.
-Ellos ya tienen bastante con lo suyo. No puedo pedirles que se ocupen ahora también de mi... No puedo pagar la universidad, ni el piso, ni la comida...
Reaccioné sin pensar. Yo tampoco estaba para tirar cohetes. Pero, poco o mucho, podía ofrecerle algo. Sabía que ella no me lo estaba pidiendo.
-Escucha... Vamos a hacer una cosa. De momento te puedes quedar aquí. Cuando quieras vamos a por tus cosas y te instalas...
Esta vez suspiró del todo. Los ojos rojos se humedecieron aún más y vi una lágrima caerle por el perfil. Le pasé un brazo por los hombros. No era mucho, pero quizás le serviría de consuelo.

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