Hacía un par de
días que la niña no se pasaba. Yo había cogido la costumbre de
llamarla así. La niña. Como si no hubiese otra en el mundo.
Pregunté por ella en el café. El único sitio que sabía con
certeza que frecuentaba. Nadie la había visto. Inconscientemente, o
tal vez demasiado consciente, comencé a preocuparme. Nuestros
encuentros eran tan informales, tan planeadamente casuales, que nunca
nos habíamos planteado cómo íbamos a estar en contacto en el caso
de que alguno de lo dos faltase.
Aquella mañana
fui al café nada más levantarme. La esperanza de verla allí tan
temprano se me antojaba exagerada hasta para mí. Hice mi ritual de
todos los días: portátil, montón de papeles, libros para
documentarme y un café con leche y mucha azúcar.
De repente, un
papel arrugado en el fondo de la mochila hizo su aparición estelar.
Lo cogí y lo alisé cuanto pude. Era una dirección. La dirección
que había visto en el sobre de la niña. No me lo pensé demasiado y
decidí ir a buscarla. No sabía si iba a estar allí o si ella
querría verme. Lo único que sabía es que una vez que ese papel se
había cruzado en mi camino no podía volver a guardarlo sin más.
Llegué al sitio
indicado. Aparentemente era un edificio de lo más normal. Como
tantos y tantos en la ciudad, en una calle secundaria un poco
apartada de la circulación de todo, en un barrio colindante con el
centro. La puerta del portal estaba abierta, así que entré sin
llamar. Le eché un vistazo a los buzones y su nombre, el nombre del
sobre, aparecía en uno de ellos escrito a mano. Pude reconocer sin
demasiada dificultad su letra fina y estilizada. Puse un pie en las
escaleras cuando oí un portazo un par de pisos más arriba y el
rumor de unos pasos bajar apresuradamete los escalones. No había
pasado del primer tramo de escaleras cuando sus sandalias viejas y su
vestido de flores aparecieron. Se paró en seco al verme.
-¿Qué haces
aquí? - me inquirió, demasiado sorprendida.
Miré hacia
arriba buscando sus ojos. Los tenía rojos, como si hubiese llorado.
-¿Estás bien? -
la pregunta me salió instintivamente.
Ella asintió
levemente con la cabeza y bajó las escaleras que le faltaban para
quedarse a mi altura. Echó una breve mirada hacia atrás y su coleta
pelirroja se movió, casi rozándome la mejilla. Ahogó un suspiro y
se cogió de mi mano, conduciéndome a la puerta. Me soltó y abrió.
Salió a andar deprisa por la calle estrecha. La cogí del brazo y la
paré. Ella volvió a ahogar un suspiro.
-¿Podemos ir a
algún sitio? - su voz parecía más entera de lo que decían sus
ojos.