miércoles, 27 de junio de 2012


Hacía un par de días que la niña no se pasaba. Yo había cogido la costumbre de llamarla así. La niña. Como si no hubiese otra en el mundo. Pregunté por ella en el café. El único sitio que sabía con certeza que frecuentaba. Nadie la había visto. Inconscientemente, o tal vez demasiado consciente, comencé a preocuparme. Nuestros encuentros eran tan informales, tan planeadamente casuales, que nunca nos habíamos planteado cómo íbamos a estar en contacto en el caso de que alguno de lo dos faltase.
Aquella mañana fui al café nada más levantarme. La esperanza de verla allí tan temprano se me antojaba exagerada hasta para mí. Hice mi ritual de todos los días: portátil, montón de papeles, libros para documentarme y un café con leche y mucha azúcar.
De repente, un papel arrugado en el fondo de la mochila hizo su aparición estelar. Lo cogí y lo alisé cuanto pude. Era una dirección. La dirección que había visto en el sobre de la niña. No me lo pensé demasiado y decidí ir a buscarla. No sabía si iba a estar allí o si ella querría verme. Lo único que sabía es que una vez que ese papel se había cruzado en mi camino no podía volver a guardarlo sin más.
Llegué al sitio indicado. Aparentemente era un edificio de lo más normal. Como tantos y tantos en la ciudad, en una calle secundaria un poco apartada de la circulación de todo, en un barrio colindante con el centro. La puerta del portal estaba abierta, así que entré sin llamar. Le eché un vistazo a los buzones y su nombre, el nombre del sobre, aparecía en uno de ellos escrito a mano. Pude reconocer sin demasiada dificultad su letra fina y estilizada. Puse un pie en las escaleras cuando oí un portazo un par de pisos más arriba y el rumor de unos pasos bajar apresuradamete los escalones. No había pasado del primer tramo de escaleras cuando sus sandalias viejas y su vestido de flores aparecieron. Se paró en seco al verme.
-¿Qué haces aquí? - me inquirió, demasiado sorprendida.
Miré hacia arriba buscando sus ojos. Los tenía rojos, como si hubiese llorado.
-¿Estás bien? - la pregunta me salió instintivamente.
Ella asintió levemente con la cabeza y bajó las escaleras que le faltaban para quedarse a mi altura. Echó una breve mirada hacia atrás y su coleta pelirroja se movió, casi rozándome la mejilla. Ahogó un suspiro y se cogió de mi mano, conduciéndome a la puerta. Me soltó y abrió. Salió a andar deprisa por la calle estrecha. La cogí del brazo y la paré. Ella volvió a ahogar un suspiro.
-¿Podemos ir a algún sitio? - su voz parecía más entera de lo que decían sus ojos.

martes, 26 de junio de 2012


Ella nunca hablaba de sí misma, o no explicitamente. Tampoco hablaba demasiado de otros. Simplemente le gustaba escuchar y observar. Un día no pude más y cuando ella se levantó para ir al baño, busqué apresuradamente en su bolso en pos de alguna pista que me dijese algo más. Dentro, meticulosamente doblado por la mitad, había un sobre. Matasellos de Madrid y el logotipo de una universidad. Había un nombre distinto al que ella me había dado, aunque eso ya me lo esperase, y una dirección. Intenté memorizarla lo más rápido posible mientras notaba la mirada cínica de Manuel detrás de la barra. Cabía la posibilidad de que no fuese de ella, pero no se me ocurría ningún otro motivo contundente para que la tuviese. Sin embargo, me parecía perfectamente factible que hubiese puesto el sobre ahí con la intención de que yo lo encontrase.

domingo, 24 de junio de 2012


Con el tiempo nuestros encuentros fueron casi diarios. Me estaba acostumbrando demasiado a su presencia. Los días que alguno de los dos faltaba a la cita entraba en un estado nervioso. Me corroía pensar con quién estaba en aquellos momentos. A veces pensaba que estaría enfrascada en algún libro de texto, estudiando su futuro, o con alguna amiga vagando por las tiendas de Gran Vía, como una adolescente más gastando el dinero de papá. Aunque aquella idea se me antojaba prácticamente inconcebible. Era más bien el tipo de niña que se dejaba la paga en alguna librería de segunda mano o se enfrascaba en algún libro en la soledad de su habitación. Otras veces me empeñaba en pensar que había sustituido mi compañía en el café por la de alguien más joven y que pudiese ofrecerle lo que yo le habría ofrecido en otras épocas de mi vida. Me venía a la mente su imagen en un dormitorio con mucha luz, probándose algún vestido algo más formal y pintándose los labios de rojo para acabar con los ojos del mismo color en algún bareto oscuro de mala muerte en cualquier esquina de Madrid, bebiendo vino barato con Coca-Cola y no llegando a casa.

miércoles, 20 de junio de 2012


Hacía más años de los que quisiera que había llegado yo a Madrid. Y como ella, el café también suponía para mí un sitio donde reencontrarme con la vida, con viejos fantasmas que no dejaban de perseguirme nunca, donde plantarles cara o huir de ellos. Aquel día había ido para intentar ponerle fin a un parón en mi trabajo. Hacía dos semanas que Carla y yo habíamos puesto un punto y final a lo nuestro después de demasiado puntos suspensivos. No hacía demasiado que había empezado nuestra historia, pero si lo suficiente para un par de vaivenes y para saber que no queríamos seguir. Y una cosa encadenó con la otra, aunque nunca supe cuál fue lo primero.
Me ganaba la vida escribiendo, lo que podía, guiones de cine, de series de televisión que a veces no llegaban al mes en antena, algún que otro reportaje que luego vendía a un precio irrisorio a alguna revista, y la mayoría del tiempo una historia que no acababa de cuajar ni en mi cabeza ni en el papel y que ningún editor querría publicar. Tal vez eran gajes del oficio, pero mi trabajo no daba los frutos esperados hacía cosa de trece años, cuando aterricé en la ciudad con las mismas ganas que ella, cuando me dio un tiempo de tregua y luego todo empezó a fallar. La frustración del genio, lo llamaba mi madre. Pero me estaba empezando a cansar.
En el café había escrito mis mejores historias y había pulido los artículos que me daban de comer en tiempos de sequía, pero ahora todo iba a peor. Sin saber muy bien por qué aquel día me había levantado y había decidido hacer borrón y cuenta nueva, así es que había cogido mis bártulos dispuesto a retomar mi vida de nuevo.
Como iba diciendo, encontré el café uno de esos días en que me esforzaba por conocer la nueva ciudad que iba a ser mía por aquel tiempo indefinido. Desde entonces, acudía allí frecuentemente y lo instauré como un templo a mi concentración y mi inspiración. Hay quien se encierra en la soledad de un despacho para trabajar, pero qué sitio mejor para escribir vidas que uno donde a diario se reunían decenas de ellas. Con el tiempo me fui dando cuenta de que el café tenía su propia fauna, todos aquellos que iban diariamente con sus quehaceres o simplemente con la idea de tomarse algo y seguir adelante con sus cosas. Manuel era el dueño del Café. Siempre estaba detrás de la barra con sus gafas al rente de la nariz y sus ojillos rodeados de arrugas. Estaba más cerca de los setenta que de los setenta, y ese había sido el negocio de su vida. Inmigrante, como casi todo el que vivía en Madrid, de algún pueblo recóndito de cualquier parte de España, habría ido a la capital en busca de una vida mejor. Sabía mejor que cualquiera lo que había. Al menos, mejor que cualquiera que tuviese mi edad. Aquel día, cuando Violeta se fue, se acercó y ocupó su lugar en la mesa. Tuvo que retirar la silla más de lo que estaba para que su barriga le permitiese acomodarse medianamente. Se sentó de forma quejumbrosa y se quitó las gafas, dejándolas caer sobre el pecho pendientes de un cordón que le pasaba por el cuello.
-Chaval - me dijo -, no sé cómo te irán las cosas, pero te diré algo: no vayas por ahí.

sábado, 16 de junio de 2012


Se acordaba. Increíblemente se acordaba. En aquel momento, una sensación de alegría me inundó y me hizo seguir. Le pregunté si el asiento a su lado estaba ocupado y me dijo que no. Todo era demasiado idílico, pero a mi siempre me ha gustado pensar que las cosas de las películas, las cosas que yo mismo escribía, podían ser verdad. Después de todo, yo vivía de eso. De hacerle creer a la gente que todas aquellas historias eran verdad. Así es que dejé mi mochila a un lado y ocupé la silla. No sabía muy bien qué hablar con ella, pero tampoco lo pensé. Casi al instante, la camarera me trajo mi café humeante. Le eché el azúcar y removí intentando que no pareciese que estaba nervioso o angustiado. Desvié la mirada sobre el papel arrugado, que estaba encima de una pequeña libretita, con el boli haciendo de pisapapeles.
-¿Qué escribes? - no sé por qué, pero sabía que la pregunta no estaba de más. Sabía que ella no lo iba a tomar como una ofensa, ni como una frase de quien intentaba entrometerse donde no le llamaban.
-De momento, no es nada. Sólo hago descripciones de lo que veo. Una ventana, un balcón, alguien que pasa por la calle sin saber a dónde va... -le dio una calada al cigarro-. Me gusta intentar saber cómo son sus vidas. Ya sabes - echó el humo, de nuevo muy despacio-, saber quiénes son, si viven en un piso en el centro o vienen de visita, si tienen un gato o un canario enjaulado en su cocina...
Y era cierto, lo sabía. Todo aquello debería darme miedo, o cuanto menos, algo de repelús. Pero lo único que hacía era aumentar mi curiosidad. Le di un sorbo al café e hice una mueca, aunque intenté disimularla. Demasiado caliente. No le vi la cara entonces, pero supe que ella había vuelto a curvar los labios en una especie de sonrisa socarrona. Buscó en su bolso y sacó un paquete de tabaco.
-¿Fumas?
Negué. Sacó un cigarro y se lo encendió.
-Hace mucho que no vienes - le dije.
-Tú también.
-He estado ocupado -no tenía por qué excusarme, pero lo hice-. A veces las cosas no salen como esperas. Y tardan más en terminar.
-O menos.
Asentí con la cabeza al tiempo que me daba cuenta de que ella sabía cosas que no debería. Y lo peor de todo es que no sabía cómo había llegado hasta ello.
-Por cierto, me llamo Julio.
-Violeta -dijo ella. Yo sabía que era un nombre falso. Pero mi madre siempre dijo que los nombres no importaban demasiado, sólo lo que había detrás de ellos. Los nombres sólo lo escondían.

domingo, 10 de junio de 2012


Aquel día la casualidad nos quiso hacer el favor. Hacía cosa de un mes que había dejado de llover. Un mes desde aquel encuentro fortuito en un portal, cuando ella se resguardaba de la lluvia, o esperaba a alguien, y yo me topé de lleno con sus ojos. Y en efecto, la casualidad, el destino, o lo que fuese aquello, quiso que me volviese a cruzar con aquellos ojos llameantes.
Hacía un par de semanas que yo no iba al café, no sé si por miedo a encontrármela de nuevo o por miedo a no verla. Desde aquel encuentro en el portal no volví a verla. Pero allí estaba aquel día, sin que yo albergase esperanza alguna de ello. La verdad es que no sé porqué había estado yendo allí con la esperanza de verla sentada en alguno de esos sillones, pero supongo que era por la misma razón que me empujó a entrar en el portal el día lluvioso, aunque yo pudiese proseguir mi camino alegremente.
El caso es que la vi, sentada en una de las sillas de la linde entre la acera y el interior, con su vestido estampado de flores, las sandalias gastadas y las gafas de sol baratas en la cabeza mientras sostenía un cigarrillo con la zurda y con la diestra garabateaba algo en un papel arrugado. Acabó de escribir, levantó la cabeza y le dio una calada al cigarro y mientras expulsaba el humo lentamente vi que sus ojos se cruzaron con los míos y me pareció averiguar una sonrisa medio torcida en ellos.
Instintivamente, me acerqué a la barra y pedí lo de siempre, un café con leche. Me di media vuelta y me acodé en la barra, haciendo con que buscaba un sitio libre para esparcir mis papeles y mi portátil. Pero mis ojos no dejaban de traicionarme y poner la vista sobre ella, que le daba un sorbo largo a su café con leche con hielo.
Y ese ente maligno que me hacía hacer cosas sin pensar me hizo que me acercase a su mesa, supongo que con la misma sonrisa estúpida que cuando era adolescente y nunca estaba seguro de nada, y saludarla.
-Ha dejado de llover - me dijo ella con voz cálida y una de esas sonrisas burlonas.