martes, 10 de julio de 2012


Se llamaba Irene, que en griego significa paz. Y paz era lo que encontraba momentáneamente cuando ella estaba allí. Aquel era el nombre que había visto escrito en el sobre del café aquel día que la curiosidad me pudo. Ahora que en cierto modo estaba a mi cargo, o al menos ahora que empezábamos a conocernos, a tener una relación más estrecha, lo más apropiado me parecía aclararlo. Era relativamente normal que el día en que nos conocimos me hubiese dado un nombre falso. Si yo fuese ella lo habría hecho también. No me iba a fiar de un tío que de buenas a primeras se sienta en mi mesa sin conocerme de nada. Y ella menos. Aunque nunca llegó a contarme nada, alguna vez tuvo que pasarle algo para diezmar esa irreverencia que tienes cuando eres joven, esas ganas de comerte el mundo y de luchar por lo que quieres, sea o no lo correcto, o lo más acertado. Esa sensación al fin y al cabo de tener sangre en las venas. Por eso nunca se fiaba de nadie, ni siquiera de ella misma. Aunque siempre solía decir que ella misa era la única persona con la que seguro pasaría el resto de su vida, así que de vez en cuando no le quedaban más opciones que hacer las paces con la niña enrabietada que se empeñaba en ocultar detrás de la máscara de madurez y el mechón pelirrojo cayéndole por la frente.
Empecé a llamarla por su nombre un día, casi por descuido. Simplemente ella andaba por la casa, afanándose en hacer una especie de limpieza de primavera que tampoco hacía falta, pero en cierto modo se sentía culpable por no poder pagar todo lo que debería haberle pedido por un alquiler. Trabajaba de vez en cuando donde podía, en tiendas de ropa un par de meses, enfrentándose a borrachos con babas en bares oscuros de Madrid por un sueldo que no llegaba ni al mínimo. El resto lo alternaba entre continuar a las duras y a las maduras con sus estudios y las tardes en el café, donde ahora acudíamos juntos casi siempre, o era nuestro punto de reunión cuando cada uno acababa sus quehaceres.
Fue entonces, como iba diciendo, cuando dije su nombre en voz alta por primera vez. Ella estaba limpiando la estantería del salón, donde yo me había ocupado de ir improvisando poco a poco mi pequeña biblioteca personal, quitándole el polvo a todos los libros, uno por uno, dedicando incluso más tiempo de lo necesario. Las sílabas de su nombre salieron de mi boca y justo cuando lo estaba haciendo caí en la cuenta de ello. Ella se giró y me miró fíjamente. Se lo esperaba incluso menos que yo, aunque aquella había sido la reacción de quien se voltea al oír su nombre por costumbre. Hacía ya unas semanas que ella vivía allí y nunca había tenido aquel desliz. Se quedó con el brazo en alto, a medio camino al ir a colocar un libro en su sitio. Nunca lo dijo, pero me exigía explicaciones con aquellos ojos suyos que se negaban en apartarse de mí hasta nueva orden.
Pareció que pasó una eternidad en aquel silencio tan cómodo e inquietante a la vez – aunque a penas fuesen un par de segundos-, hasta que me decidí a acabar con la frase que iba a decir cuando si inconsciente me traicionó a conciencia.
-¿Me pasas ese libro que acabas de colocar?
Entonces ella, sin mediar palabra, colocó el que tenía en la mano y cogió el que acababa de soltar, se colgó el trapo del polvo al hombro, se acercó a la mesa del salón que me servía de escritorio y lo dejó encima. Sopesé el dejarlo correr. Tampoco me había preguntado nunca cómo di con ella aquel día. Esto no era distinto.Pero era dejar correr demasiado hasta para mí, que siempre había dejado que los malos momentos se pasasen solos, con el tiempo y sin mencionarlos más.
-Lo leí en el buzón de tu casa- musité cuando ella ponía el libro encima del montón de papeles apilados de la mesa.
Se volteó para seguir con la limpieza y vi escurrirse el paño de su hombro con un ligero tirón.
-No me mientas – dijo con una voz propia de quien intenta parecer serio. Y yo supe en aquel momento que había curvado los labios en una sonrisa socarrona como el día que la vi por primera vez en el café.

1 comentario:

  1. OH, TÍA. Pedazo de entrada, sí señor. Contundente, y con la sorpresa del nombre. ¡Qué maravilla! Ahora que estamos de vacaciones ya sabes lo que toca xD

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