Eran las cinco de la tarde y ya llevaba
tres horas en aquel tren infernal que le llevaba a casa. En realidad
no era su casa ni el sitio donde había nacido, ni siquiera donde se
había criado. Pero ya lo consideraba como tal. Hacía a penas año y
medio que había llegado allí con las maletas llenas de poca ropa,
mucho libros y demasiadas expectativas. Nunca pensó que las fuese a
rebasar.
Siempre había oído que a su edad
debería enamorarse de hombres, y dejar las ciudades para más
adelante. Pero con la veintena todavía sin cumplir pensó que los
hombres podían esperar a que la ciudad dejase un hueco, mellado o
no, en su joven corazón. Desde hacía años, cuando veía la ciudad
que la vio nacer desde la ventana de su habitación, su mente volaba
hacia un futuro que se le antojaba demasiado lejano, por muy deprisa
que pasasen los días. Soñaba con un futuro de calles transitadas
por carreteras de cuatro carriles, tiendas enormes por cuyos
escaparates pasaría sin parpadear, edificios gigantescos cuyo fin a
penas se veía cortando el cielo.
Y ahora allí estaba, viendo como el
tren dejaba atrás los campos verdes moteados de colores aquí y
allá, alguna casa desvencijada que no requería demasiada atención,
esperando a que el destino de su billete le llevase de nuevo a las
calles estrechas y las librerías angostas que la ciudad de su futuro
le había deparado, donde había encontrado la paz tantas veces.
Le gustaba deambular por Madrid, más
sola que acompañada, con unas gafas de sol baratas cuando el sol
arreciaba como única protección contra la ciudad. Iba y venía sin
dejarse llevar por las prisas que tanto asustaban a todos. Ella,
después de todo, marcaba el ritmo de la ciudad a su antojo. Era lo
único que le pedía. Un ritmo a su medida que le permitiese seguir
en aquella simbiosis perfecta con su futuro.
A la cuarta hora Atocha le dio la
bienvenida de nuevo. En los andenes de la estación siempre hacía
frío, o por lo menos a ella le parecía. Se echaba la mochila al
hombro, cogía la maleta y avanzaba con paso tranquilo pero firme
hacia el metro que la llevaba a casa. Una vez más, no era la casa de
siempre, pero era la que en poco tiempo se había convertido en suya.
Un bunker contra la monotonía.
En una de esas calles estrechas, junto
a una de esas librerías angostas que ponían en la acera cestas con
libros más que asequibles a su bolsillo, encontró uno de los sitios
más amables para ir cuando el aire bohemio golpeaba en su cristal y
se cansaba del mundo. Un sitio alternativo en el que reconciliarse
con el Mundo cuando éste se empeñaba en darle la espalda. De vez en
cuando se dejaba caer por allí, en sus sillones de terciopelo rojo,
con un café delante y un libro ajado o una libreta con las páginas
garabateadas de letras o dibujos sin sentido. Se sentía bien allí,
ajena a la ciudad y a los ojos de quienes no quería que la viera.
Cuando el calor arreciaba solían abrir
la gran cristalera que hacía de esquina en el café y ponían un par
de mesas en la linde entre la acera y el interior. Entonces ella se
sentaba en aquellas sillas, con sus gafas de sol baratas, su vestido
de flores de todos los veranos y las sandalias gastadas. Se pasaba
las horas muertas solo mirando pasar a la gente, o la arquitectura de
los edificios, con sus pequeños balcones de forja, y de vez en
cuando anotaba algo en una servilleta o en algún papel arrugado que
encontraba en el bolso junto al bolígrafo que siempre llevaba. De
vez en cuando encendía un cigarrillo y fumaba despacio, tan despacio
que el tiempo parecía detenerse y evaporarse con el humo.