Se le notaba
demasiado cuando algo no le gustaba. Y no precisamente porque lo
dijese. Sus ojos a menudo contaban más de lo que ella hubiese
querido. Sólo hacía falta que entrase por la puerta, me mirase y
sonriera, porque siempre me sonreía, para que yo supiese qué estado
de ánimo traía. Porque una cosa es sonreír con la boca, curvar los
labios de forma prácticamente automática, y otra muy distinta es
que esa sonrisa llegue a los ojos. Y había muchos días en que a
ella no le llegaba por más que se esforzase en ocultarlo. En estos
casos solía echarle la culpa de todo a Madrid. De lo bueno y de lo
malo.
Según
me dijo, antes de llegar a Madrid ella no era así. O tal vez sí, y
en el fondo seguía siendo la misma niña introvertida que se pasaba
los recreos del instituto leyendo.
Sus padres nunca habían sido del tipo de padres sobreprotectores que no la dejaban hacer nada, simplemente a ella nunca le llamó demasiado la atención pasarse las noches de discoteca en discoteca, haciendo lo posible por pavonearse delante de algún muchacho algo mayor que ella mientras por su garganta corría más alcohol del que era capaz de tolerar. Y en el fondo no le gustaba hacer aquello, y nunca lo hizo. Pero cuando llegó a Madrid encontró algo parecido a su lugar en el mundo, adaptado justo a lo que ella esperaba. No sé si fue la falta de control paterno o que algo en su cabeza hizo un enorme y sonoro click y le instó a darle un giro a su vida. Puede incluso que fuesen las dos cosas. Alguna vez dijo que se empeñaba en buscar la adolescencia que no tuvo por los bares y que jugaba a contradecir lo que sostuvo durante tantos años, cual hijo rebelde que desobedece a sus padres con el único propósito de desobedecer. Así es que bebía. Bebía mucho ron con Coca-cola, a veces lo aderezaba con algún chupito de tequila, y entre sorbo y sorbo le daba caladas lentas y prolongados a cientos de cigarrillos cuando en realidad ni siquiera tenía ganas de fumar. Era perfectamente consciente de ello, pero seguía haciéndolo, como si tuviese que demostrar algo, más que ante nadie, ante ella misma. Solía encogerse de hombros cuando yo le preguntaba por qué no lo dejaba y me contestaba con un "así es la vida", como si en realidad no hubiese otra opción que elegir y la vida, ese ente al que se aferraba a la vez que se alejaba todo lo que podía, como un dios que castiga severamente cuando dice ser misericordioso, la manejase a su antojo y aún así no dejase de creer en él. Cuando sus padres murieron era lo único en lo que encontraba consuelo de verdad. La única manera de no pensar en nada. A veces, entre risas a medias, bromeaba diciendo que acabaría como en 'Días de vino y rosas'. Y yo sabía que no lo decía tan en broma.
Sus padres nunca habían sido del tipo de padres sobreprotectores que no la dejaban hacer nada, simplemente a ella nunca le llamó demasiado la atención pasarse las noches de discoteca en discoteca, haciendo lo posible por pavonearse delante de algún muchacho algo mayor que ella mientras por su garganta corría más alcohol del que era capaz de tolerar. Y en el fondo no le gustaba hacer aquello, y nunca lo hizo. Pero cuando llegó a Madrid encontró algo parecido a su lugar en el mundo, adaptado justo a lo que ella esperaba. No sé si fue la falta de control paterno o que algo en su cabeza hizo un enorme y sonoro click y le instó a darle un giro a su vida. Puede incluso que fuesen las dos cosas. Alguna vez dijo que se empeñaba en buscar la adolescencia que no tuvo por los bares y que jugaba a contradecir lo que sostuvo durante tantos años, cual hijo rebelde que desobedece a sus padres con el único propósito de desobedecer. Así es que bebía. Bebía mucho ron con Coca-cola, a veces lo aderezaba con algún chupito de tequila, y entre sorbo y sorbo le daba caladas lentas y prolongados a cientos de cigarrillos cuando en realidad ni siquiera tenía ganas de fumar. Era perfectamente consciente de ello, pero seguía haciéndolo, como si tuviese que demostrar algo, más que ante nadie, ante ella misma. Solía encogerse de hombros cuando yo le preguntaba por qué no lo dejaba y me contestaba con un "así es la vida", como si en realidad no hubiese otra opción que elegir y la vida, ese ente al que se aferraba a la vez que se alejaba todo lo que podía, como un dios que castiga severamente cuando dice ser misericordioso, la manejase a su antojo y aún así no dejase de creer en él. Cuando sus padres murieron era lo único en lo que encontraba consuelo de verdad. La única manera de no pensar en nada. A veces, entre risas a medias, bromeaba diciendo que acabaría como en 'Días de vino y rosas'. Y yo sabía que no lo decía tan en broma.